Perdonar la ausencia, despedir la vida

Por Aura Tampoa Lizardo

Como bien sabemos, el espíritu de nuestros tiempos es evasivo ante la introspección, por ende, todos aquellos procesos que requieren del recogimiento dentro de nosotros mismos, quedan relegados ante el exceso de ocupaciones que traen consigo una apretada agenda social y laboral. Pensar la muerte en este contexto pareciera un absurdo, básicamente, porque la velocidad a la cual se mueve la vida en la actualidad no nos permite mirar hacia el dolor, rendirle el tributo necesario a la brevedad de nuestra existencia. Sí, somos fugaces y efímeros.

Tantas conquistas tecnológicas, tantos avances científicos, terminan por hacernos creer invencibles y resulta que: no hay nada que nos proteja de la muerte. No existe antídoto para lidiar con ella. No hay píldoras ni palabras mágicas que hagan evaporarse el vacío que deja la ausencia de un ser querido. Precisamente eso es un duelo, el luto por una ausencia que se impone, ausencia imposible de reparar.

Ante cada pérdida se revive el dolor de la primera herida, cada ruptura, cada muerte, nos recuerda la cadena de eventos dolorosos que hemos vividos y, al llorar, recordamos todas las lágrimas que nos precedieron o todas las lágrimas que nos impedimos. Como diría, Santiago Genovés: Lloro todas las lágrimas que tengo. Lloro por todo lo que no he llorado en mi vida. Lloro, tratando de contenerme…Llorar me ha hecho bien…

La verdad es que permitirse llorar, sana y libera pero ¿Cómo hacerlo? Muchas veces ante nuestras pérdidas nos imponemos la negación, el: no ha pasado nada, la vida continúa, capítulo cerrado sin marcha atrás; la psique no cierra puertas tan aceleradamente. Nos toma un tiempo muy subjetivo hacer un verdadero cierre de ciclo. El duelo, así como muchos otros acontecimientos vitales, es un proceso y requiere de una progresión para ser superado.

La Dra. Elisabeth Kübler-Ross, quien dejó una extensa obra sobre la muerte y el abordaje terapéutico del duelo, sostiene que existen 5 etapas a saber. La Negación es el momento en el cual el ser se defiende ante una realidad inclemente decidiendo, inconscientemente, evadirla. Suele ser característica de los estados de shock. Pareciera producir una parálisis a partir de la cual la realidad no puede ser comprendida o incorporada. Se responde con frases como: “Esto no puede ser cierto” o “Todo está bien, no ha pasado nada”. La Ira comienza la rebelión en contra de la voluntad divina y se reclama. La pérdida se asume como una imposición injusta e inesperada. Se llena de rencor, y las emociones comienzan a desbordarle. La Negociación se abre la posibilidad de mediación, es decir, se reconoce estar inevitablemente atado a una pérdida pero solicita ciertas concesiones. Por ejemplo: “Sé que mi hijo ha muerto, pero por favor, hazme soñar con él todos los días”. Estas transacciones se establecen como un estado intermedio, como un ritual de paso. La Depresión surge ante el advenimiento de la ausencia. Las peticiones no fueron cumplidas aunque hubo múltiples promesas, entonces, acepta vivir su dolor. Este es un momento sumamente importante; es el momento de la entrega. El ser se deja inundar por sus emociones, aquellas que en primera instancia no lograban ser canalizadas. Por último, se presenta la etapa de La Aceptación, cuando se dice a sí mismo, no puedo hacer nada contra esta realidad. Aquí se acaba la lucha y la hostilidad. Se despide y continúa su existencia. En este momento aparece la calma y el sosiego.

Estas etapas se presentan, ya sea al terminar una relación amorosa, al dejar un trabajo, al mudarnos de ciudad o, al perder a un ser querido. En algunas circunstancias son vividas con mayor intensidad, pues la fuerza del vínculo que nos une con aquello o con quien se ha ido para siempre, varía. De cualquier manera, es recomendable otorgarse el espacio necesario para vivirlas. Para sentir cada una de las emociones que se van manifestando en nosotros al despedir a nuestros seres queridos.

Ante cada pérdida nos vamos convirtiendo en alguien distinto, nuestras nociones existenciales se van modificando, profundizando, a medida que nos adentramos en el dolor, hay un espacio en nosotros que se ilumina y esa luz ninguna pérdida la puede opacar. A lo largo de la historia los seres humanos nos hemos inventado múltiples maneras de lidiar con las despedidas, las religiones (cualquiera que sea el culto de su preferencia) suelen ofrecer despedidas muy hermosas, cobijo, compañía y palabras de aliento; también está la psicoterapia, la psiquiatría y la psicología, un cálido acompañamiento terapéutico puede marcar la diferencia; refugiarse en la familia y los amigos, en la naturaleza, en la escritura. Los caminos son múltiples eso sí, no olvides recorrer en cualquiera de ellos: la aceptación y el perdón.

Aura Tempoa

Aura Tampoa Lizardo

Aura Tampoa Lizardo es psicóloga social, egresada de la Universidad Central de Venezuela. Ha colaborado con la Revista Venezolana de Estudios de la Mujer de la misma institución y con la columna Palabra de Mujer en Diario de Los Andes de Mérida, Venezuela. Aura está magistrada en Estudios de la Libertad Femenina por la Universidad de Barcelona donde publicó con el Centro de Estudios de Mujeres Duoda. También está magistrada en Literatura Comparada y Estudios Culturales por la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente cursa estudios en la Escuela Venezolana de Psicología Profunda y se desempeña como psicoterapeuta e investigadora. Aura reside en Maracay, Venezuela.
Si pudieras hacer una cosa para simplificar tu vida, ¿qué sería?
Hacer lo que amo; amar lo que hago. Ese es el mayor gesto de sinceridad que me regalo; no siempre lo logro. Esas pequeñas derrotas son parte del trabajo.
Si pudieras hacer una cosa para simplificar la vida de un ser querido, ¿qué sería?
Escucharlo. Hay un gran poder en la aparente pasividad de una escucha atenta y cuidadosa. Escuchar, para mí, es una manera de estar con/para el otro.