La llegada del matrimonio

La llegada de la primavera marca el comienzo de la temporada de bodas. Al igual que la naturaleza que nos rodea durante esta estación, una boda representa un momento de crecimiento y nuevo florecer en una relación entre dos personas que se aman. Esta experiencia, hermosa y emocionante, suele poner en cuestión la identidad de una como mujer y puede provocar emociones encontradas. La psicóloga Aura Tampoa, recién casada, analiza estos sentimientos a menudo no verbalizados en un vistazo a lo que significa ser una novia y organizar una boda hoy en día. Ella afirma que en el ritual del matrimonio, una novia puede reencontrarse con la esencia de su ser como mujer.

 


 

Por Aura Tampoa Lizardo

Planificar una boda genera en nosotras sentimientos encontrados. Por un lado, la felicidad de crear un espacio para presentar en sociedad tu alianza, tu nuevo estatus…Por otro, el miedo ante la posibilidad de perder la autonomía. Después de las tres olas del feminismo, como mínimo, casi todas nosotras estamos decididas a tener “dinero y un cuarto propio”. Sin duda, es posible hacer converger ambos deseos: el deseo de libertad y el deseo de comprometerte con un amor. Esa posibilidad es tan real como compleja.

¿A qué se debe tanta complejidad? En primer lugar, no todas vemos el matrimonio como único destino. Muchas de nosotras ya no soñamos con casarnos, y cuando aparece el deseo se hace necesario reajustar esa idea que teníamos de nosotras y de lo que sería nuestra existencia. En segundo lugar, la búsqueda de relaciones no convencionales—adaptadas a nuestras necesidades y a nuestro tiempo—ha hecho que nos cuestionemos el valor de los formalismos legales, sociales y culturales. De modo que, cuando nos toca a nosotras, tenemos muy pocos referentes. Descubrimos las ganas de celebrar en compañía de nuestros afectos, las ganas de protagonizar una ceremonia, pero tales ganas son incompatibles con el estilo tradicional que las familias suelen fomentar. Parece que existiera un mandato secreto que reza “si usted forma parte de esta familia, se casará de esta manera”.

Estas exigencias nos dejan extenuadas. Tenemos la certeza de ignorar cómo organizar una boda y tenemos la certeza de querer hacerlo a nuestra manera. Pero, ¿cuál será nuestra manera? Muy en el fondo, sabemos lo que queremos, pero al principio resulta extremadamente difícil desentrañarlo. Si nos damos el tiempo adecuado, sin presiones externas, iremos viendo que siempre hay una sabiduría interior que va dictando la pauta de nuestro deseo. Esa sabiduría habla, pero para escucharla, para sintonizarnos con ella, es preciso acallar todos los mandatos ajenos.

Nuestros seres queridos, ante una boda, se emocionan tanto que intentan apropiarse de decisiones que sólo le competen a la novia. A veces, incluso madrinas y wedding planners pueden jugar en su contra. Todas hemos sentido en alguna medida estas presiones. Es cierto que hay novias absolutamente determinadas, mujeres que se han pensado todos los detalles y están preparadas para dirigir al equipo que hará posible su boda. También existen aquellas más indecisas, con un norte nublado; ellas por lo general necesitan mayor apoyo y tiempo para identificar su “estilo”, su anhelo. En la mayoría de los casos, la gente se queja de ambos extremos (novia controladora-novia indecisa), generando en ellas una presión aún mayor.

Esta falta de empatía proveniente del entorno, relega a las mujeres a un estado de incomprensión y soledad. En este momento, las novias requieren fortaleza, es importante hacerlas sentir como unas diosas rumbo a su coronación. La mujer en esta víspera requiere de toda la atención, el cuidado y el cariño de sus seres queridos ya que se encuentra viviendo un momento de gran vulnerabilidad. Un momento de exposición, cada boda es una especie de nacimiento; nacemos hacia una nueva etapa de vida y adentrarnos en ella genera miedo y dolor. Estamos felices por declarar nuestro amor públicamente, y estamos tristes por la vida que quedó atrás. Esta es una de las paradojas del matrimonio. Este paso, como muchos otros, alberga una renuncia implícita.

Una alternativa para atravesarlo con mayor tranquilidad es concentrarte en los detalles, aunque parezca vacuo, aunque ciertas mujeres de hoy en día perciban la delicadeza como algo superficial. Reajustar cada detalle como si se tratase de un jardín zen nos conduce a la pausa. Acariciar la paleta de colores, armar y desarmar las mesas, organizar la ubicación de los invitados, probar el maquillaje, el vestido y los tacones—todas estas actividades pueden ayudarte a reencontrar el placer en medio del caos. Clarice Lispector decía: “¿Eres moralmente tan anticuada que consideras la vanidad femenina una frivolidad? Ya deberías saber que las mujeres quieren sentirse guapas para sentirse amadas. Y querer sentirse amada no es una frivolidad”. De hecho, para toda novia sentirse amada por su clan entero es una prioridad. Mostrarse bella y organizar un evento hermoso es una vía de expresión del agradecimiento y el amor sentido hacia quienes la acompañaron en su periplo.

Sintonizar cada decisión, cada arreglo propio o ceremonial, va ordenando espacios dentro de nosotras. Para las mujeres, el arreglo puede llegar a ser sagrado. Y es que, aunque el matrimonio parezca una ceremonia de domesticación, en realidad, puede ser la ruta necesaria para el descubrimiento de lo femenino salvaje que había estado dormido. El alma femenina es capaz de renacer en relación, de allí la belleza y la sacralidad del matrimonio como ritual y como mito.

 

Aura Tempoa

Aura Tampoa Lizardo

Aura Tampoa Lizardo es psicóloga social, egresada de la Universidad Central de Venezuela. Ha colaborado con la Revista Venezolana de Estudios de la Mujer de la misma institución y con la columna Palabra de Mujer en Diario de Los Andes de Mérida, Venezuela. Aura está magistrada en Estudios de la Libertad Femenina por la Universidad de Barcelona donde publicó con el Centro de Estudios de Mujeres Duoda. También está magistrada en Literatura Comparada y Estudios Culturales por la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente cursa estudios en la Escuela Venezolana de Psicología Profunda y se desempeña como psicoterapeuta e investigadora. Aura reside en Maracay, Venezuela.
Si pudieras hacer una cosa para simplificar tu vida, ¿qué sería?
Hacer lo que amo; amar lo que hago. Ese es el mayor gesto de sinceridad que me regalo; no siempre lo logro. Esas pequeñas derrotas son parte del trabajo.
Si pudieras hacer una cosa para simplificar la vida de un ser querido, ¿qué sería?
Escucharlo. Hay un gran poder en la aparente pasividad de una escucha atenta y cuidadosa. Escuchar, para mí, es una manera de estar con/para el otro.
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